Retratos, Teatro

Sergio Peris-Mencheta: “En ‘Tempestad’ y en ‘Julio César’ Shakespeare hace un retrato fidedigno de lo que nos mueve a día de hoy”

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Sergio-Peris-Mencheta

A Sergio Peris-Mencheta le suena aún la voz de Marco Antonio cuando habla de su Tempestad. Es lo que tiene el tratar con Shakespeare como lo está haciendo, que juega con el dramaturgo con la ventajosa licencia de ser a la vez actor y director. Con Julio César, el elogiado montaje de Paco Azorín que está ahora en el Bellas Artes de Madrid, se sube al escenario con otros grandes como Mario Gas y Tristán Ulloa a urdir –o a soportar– una traición contemporánea y rotunda. Con Tempestad, que se podrá ver hoy y mañana en el Teatro Alhambra de Granada (21:00 horas), Peris-Mencheta dirige posiblemente una de las versiones más atrevidas de la que fue la última obra del dramaturgo.

– Con esta obra te enfrentabas a un texto de Shakespeare muchas veces versionado pero has conseguido crear algo que va más allá incluso del propio autor. ¿Cuál ha sido tu particular Tempestad a la hora de hacer esta versión?

– La particularidad de esta Tempestad es que es de los nueve corazones que participamos en el montaje. Ellos son cinco actores y tres músicos y cada uno viene con su universo particular, con sus ideas y con sus necesidades. Era una mezcla bastante explosiva de amigos, de gente a la que tengo un gran aprecio no sólo como artistas sino a nivel personal, y el planteamiento era quedar para jugar a Shakespeare, no para hacer un montaje que fuera a ir a Almagro y a todos los festivales que ha ido, que se estrenara en Matadero y todo lo demás. El planteamiento era bastante más humilde y bastante más pequeñito de lo que luego ha terminado siendo.

Shakespeare sigue hablando en presente. ¿Qué cosas le preocupaban al autor que nos siguen preocupando hoy igual?

Yo creo que Shakespeare es el clásico de los clásicos en teatro porque sigue hablando de lo que pasa hoy. Nos demuestra que no hemos aprendido nada con el paso del tiempo y seguimos siendo los mismos. Si lo comparamos con Julio César, seguimos cometiendo los mismos errores, ya no sólo desde que Shakespeare escribió la obra sino desde que tuvieron lugar los acontecimientos, hace ya la friolera de 21 siglos. Nos encontramos con los mismos personajes con el apellido cambiado pero sigue habiendo Hamlets, Brutos, Marco Antonios, Julios Césares en nuestra política y seguimos teniendo los mismos problemas. No son muy diferentes. Luego, además, Shakespeare es un recopilador maravilloso de la condición y el alma humana, y es lo que hace de Shakespeare Shakespeare. Conoce como nadie al ser humano y tanto en Tempestad como en Julio César hace un retrato fidedigno de lo que nos mueve a día de hoy. Por eso creo que es contemporáneo y lo seguirá siendo.

 

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Aunque tenga pinta de drama ya has dicho que ‘Tempestad’ es una absoluta gamberrada.  

– Así como Julio César es una tragedia auténtica, Tempestad es un romance. Es la última obra que escribió Shakespeare y yo diría que es casi como una recopilación de toda su obra, como un testamento que deja. En Tempestad te encuentras por momentos a Romeo y Julieta, te encuentras con toda la oscuridad de Macbeth, pero venimos justo antes de Noche de Reyes y de Cómo gustéis, o de Mucho ruido y pocas nueces, que son comedias bastante disparatadas.  Tiene también mucho de Sueño de una noche de verano, con las hadas y con los elfos, con la magia que todo lo impregna. Pero para mí principalmente Tempestad es una obra que habla de la transformación, del cambio, del tránsito, del viaje, de cómo vamos modificándonos, de cómo pasa el tiempo, pero también de cómo el tiempo pasa por nosotros y nos obliga a mover ficha. Y el espectador lo disfruta viendo el cambio del personaje en vivo y en directo.

– Descríbeme esta isla con 20 personajes. ¿Cómo es y a qué se parece?

– Son cinco actores que interpretan a 22 personajes que no se cambian en cajas. No aparece un personaje, sale y aparece otro. En escena van a ver cómo el actor se cambia de ropa y se convierte en otro personaje y adopta la voz, la postura y el alma, y se deja invadir por el otro. Y todo está justificado dramatúrgicamente. Tempestad es un texto, además, que habla mucho del teatro dentro del teatro. Parece una gran puesta en escena de Próspero [personaje de la obra], que decide vengarse de su hermano y del rey en su isla, en su territorio, y pone en marcha toda una puesta en escena en un teatro en el que se meten todos los personajes. De alguna manera esto es lo que hace de Tempestad una obra gamberra, porque yo me salto precisamente las convenciones un poquito más y convierto al público en un personaje más, como parte de la isla, como esos elfos que están en la isla… Son protagonistas también. Hay como un brainstorming creativo y es lo que hace de esta ‘tempestad’ nuestra Tempestad.

– Es una obra muy accesible, ¿no?

– Es muy para el niño de todos y cada uno de nosotros. La han visto niños de 5 años y les ha encantado, con su propia lectura claro, pero también la han visto niños de 50, 60 y 70 años y también les ha encantado esa parte que tiene de Shakespeare para todos los públicos: accesible y donde la forma y el fondo van muy de la mano. No es estático puro y duro sino que dejamos al espectador imaginar, crear y hacer la mitad del trabajo porque creo que en eso consiste el teatro. Y una escalera se convierte en un barco, en una montaña y en mil cosas… La imaginación al servicio del teatro ni más ni menos, y creo que Tempestad es perfecta para eso.

– Leí en una crónica sobre la obra que al comenzar se tiene la sensación de “estar entrando en el corazón mismo de una compañía de teatro”. Es como un juego de espejos donde todos se ven las caras y donde el público es fundamental.

– Es otra de mis obsesiones y casi como una firma de todos los montajes que he dirigido. En Un trozo invisible de este mundo, en Incrementum y en Continuidad de los parques, que estoy montando ahora, trato de que el público cambie de canal en cuanto entra en el teatro, que es algo bastante complicado. Cuando uno entra al cine y se pone a ver una película, la música a toda pastilla, la pantalla gigante, el primer plano de los ojos del actor o de la actriz y la velocidad del montaje hacen que uno se olvide de sus problemas muy rápidamente y se olvide de la conversación que traía, pero en teatro todo el rato es un plano general. El público no cambia el chip hasta los veinte minutos de función y se ha perdido el planteamiento. Y muchas veces uno, a no ser que venga solo o sabiendo lo que viene a ver, o que se haya leído la obra o que tenga unas ganas especiales de ver tal o cual montaje, generalmente si viene con problemas se va a quedar con ellos un buen rato y se va a perder la función.

¿Y cómo se consigue lo contrario?

– Mi idea es que desde que se abren las puertas la función ya ha empezado. El público está obligado a dejar de hablar de lo que estuviera hablando y durante todo ese tiempo de espera que nos pasamos en los teatros hasta que nos dicen ‘quedan 3 minutos para que comience la representación, apaguen sus teléfonos móviles’, ya estamos conociendo a estos personajes que están pululando por el espacio, a estos actores que van a interpretar a estos personajes (o a estos personajes que van a interpretar actores que interpretan personajes), pero ya estamos haciendo de alguna forma el tránsito que a mí me parece esencial. Es decir, uno entra en una iglesia y se calla, y hay algo energético que se produce. Ya Peter Brook hablaba del teatro sagrado. Pues la idea es sacralizar un poco el hecho teatral y que cuando el público entre se dé cuenta de que está viviendo el presente de Shakespeare en los corazones y las voces de ocho actores y músicos. Y poco a poco le vamos a ir metiendo, sin agobios, sin prisas, en el sonido de Shakespeare, en el color, en la historia que se va a contar, pero partiendo de la verdad, y es que es una compañía que tiene que montar Tempestad y no tiene ni el presupuesto, que es lo que nos pasaba, con un texto muy difícil, y encima con Shakespeare, que a ver cómo te las apañas con él… Hay como pequeños guiños a lo largo de la función que hablan del proceso teatral de los propios actores haciendo que el público entre poco a poco en la obra para que cambie el chip.

 

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– El trabajo de Víctor Duplá, Quique Fernández, Antonio Galeano, de todos, es enorme, con papeles dobles muy diferentes entre sí. ¿Cómo lo has preparado con ellos?

– Para empezar estuvimos dos meses y medio sin abrir la obra, sólo haciendo ejercicios y juegos. Todos habían leído una versión pero yo les propuse un taller para descubrir quién sería quién. No sabía quién iba a ser Próspero, Miranda o Calibán, y además tampoco sabía quién iba a interpretar a qué dos o qué tres personajes. Yo no impuse nada, casi se impuso el reparto a nosotros y eso hace que todo sea mucho más fácil. Luego, cuando empiezas los ensayos, que fueron otros dos meses y medio, te das cuenta de que estás remando a favor, sabes que el Próspero que vas a hacer tiene tal y cual características y encaja de alguna manera con tu paraíso interior. Así ha sido más o menos el trabajo. Un trabajo con muchísima libertad en la que el actor formaba parte del hecho creativo. Yo no tenía claro el cuadro que se iba a pintar. Digamos que lo hemos pintado entre todos. Hay ideas que surgen a través del trabajo de los actores porque yo como actor a veces echo de menos esa manera de trabajar. Muchas veces cuando haces teatro, cine o televisión tienes la sensación de que no tienes nada que aportar tú, que ya está todo el pescado vendido, y te encuentras con un director que ya tiene el cuadro pintado y tú eres una figurita de su Belén y punto. Pues mi idea es dar en mis montajes un espacio al actor creador, al actor que también inventa, y también imagina, y no sólo pone su talento interpretativo sino también creativo.

– Te he escuchado decir que te consideras más un actor que dirige, pero en ¿qué papel te sientes más tú?

– Me considero un actor que dirige cuando dirijo, pero me considero también un director que actúa cuando actúo. La verdad es que me gustan las dos cosas y las siento absolutamente complementarias. Es más, yo ahora llevo dirigiendo un tiempo que es cuando se ha dado a conocer mi trabajo pero casi empecé a dirigir a la vez que a actuar, cuando por necesidades logísticas de la compañía universitaria en la que estaba tenía que dirigir alguien porque se fue la chica que dirigía y me puse a hacerlo yo. Prácticamente descubrí al actor y al director a la vez, lo que pasa es que el actor me dio de comer y al director, con esta cosa de que lo polifacético se lleva fatal en este país, preferí dejarlo en barbecho y no tomármelo en serio. Parece que para ser actor no hace falta un título pero para ser director necesitas haber pasado por una escuela de dirección o algo así. Y luego además si eres actor y sabes tirar faltas, no vas a parar penaltis; si eres portero, no puedes ser delantero… Hay algo en este país que rezuma un poco de intolerancia frente a la posibilidad de que una persona pueda hacer dos cosas, no te voy a decir bien, pero por lo menos hacerlas y sacarlas adelante.

– ¿Cómo estás viviendo el éxito de Tempestad? ¿Tienen algún parecido las tres obras que has dirigido hasta ahora?

Tempestad es previa a Un trozo invisible de este mundo, que es la última que se ha estrenado, la tercera por así decirlo de esta trilogía, si se puede llamar trilogía. Son muy distintas las tres. Quizás las dos más similares son Incrementum y Tempestad porque las dos se han creado en el seno de la productora Barco Pirata, en la que estoy junto con otros compañeros; y Un trozo invisible de este mundo es, entre comillas, un encargo de Juan Diego Botto, que vio Incrementum, le encantó y me propuso hacer la dirección de esta obra. Son obras muy distintas a pesar de que todas tienen algo en común, y es el juego. Yo soy muy jugón, dirijo y actúo porque me gusta jugar.

Es otra característica más de tu firma…  

– Creo que en este país a actuar se le debería llamar jugar como en todos los países. Hasta en Japón se le llama jugar. No sé por qué en España se le sigue llamando actuar. Me gusta jugar, como director me gusta organizar partidas y que los actores jueguen y se lo pasen bien y volvamos un poco a tocar con aquello que tocábamos cuando éramos niños, que uno terminaba creyéndose que era otra persona y, oye, ¡te lo creías!, y estabas durante un rato en ese maravilloso lugar donde creías que estabas. Últimamente hay muchas citas e igual no es suya pero el otro día leí una de Fernando Fernán Gómez que decía que cuando somos niños todos somos capaces de hacer muchos personajes. Es más, todos somos muchos personajes, pero nos obligan a elegir y ése es el que vamos a ser toda la vida. El actor es el que se rebela contra ese dictado y dice, no, yo quiero seguir siendo muchos personajes. Por lo tanto, yo creo que todos tenemos algo de actor. Otra cosa es que nos rebelemos contra ese dictado o no. Por eso creo también que todo el mundo es capaz de criticar el trabajo de un actor, porque todo el mundo, en su fuero más interno, piensa que lo podría hacer más allá de su pudor, de su talento, de sus medios y de la formación que tenga.

– Le hablabas directo al ministro de Cultura en tu discurso en el premio Ceres, un premio que te dieron por Tempestad y por Un trozo invisible de este mundo, y ahí le invitabas a que se diera un paseo por la cultura… ¿En qué clase de isla viven nuestros políticos?

– Yo creo que en una isla que está muy lejos de la vocación primigenia por la que eligieron ser políticos, ni más ni menos. La política es una vocación, no es una profesión, y siento que hay muy poco político vocacional y por lo tanto es difícil que sea votado. Un político es uno que ‘ordena’ de alguna manera la vida de los demás por el bien común, por la igualdad, y yo siento que esa vocación se ha perdido. Creo que son marionetas al servicio del sistema capitalista mercantil que está bajo los dictados de los mercados y hacen lo que convenga a esos mercados y no a nosotros. Están muy alejados del sentir popular. Pero aquel discurso nació más por la necesidad de hacer un llamamiento a los actores que con un millón y medio de followers en Twitter siguen como si el tema no fuera con ellos. Y se puede dar el caso de que sean los tipos con más followers en el desierto… Si la cosa sigue así dará la sensación de que la cultura es un bien particular de los exitosos y no un bien común de todos los españoles. La cultura de alguna manera tiene que hacer crítica y enfrentarse al poder. Yo sentí aquel discurso como una autocrítica.

Acerca del autor / 

Manuela de la Corte

Periodista y maniática de ‘alguna’ música que puedo escuchar hasta cansarme. Me encantan las estrellas (las de verdad y las que se les parecen bastante), ‘Rayuela’ y el azul eléctrico.

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