Cine, Sensaciones

Nightcrawler

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Cuando todo está ya inventado, cuando el cine nos ha introducido en los diferentes e innumerables oficios profesionales y emocionales del ser humano, hasta intuir de antemano el cauce de una historia, hay que dar una vuelta de tuerca. A veces una retorcida vuelta de tuerca que casi se pasa de rosca. Esta sería la premisa de la que parte Nightcrawler, ópera prima del hasta ahora guionista Dan Gilroy.

El autor recurre a la fórmula del cuanto más mejor, sobrepasando los límites que hasta ahora hemos visto en películas como Mad City o 15 minutos, y que indagan en el escabroso mundo de las cadenas de noticias, en las que el morbo prima por encima de todo, y el objetivo es alcanzar las mayores cotas de audiencia. El mérito de Gilroy no es sobrepasar esos límites, ni mostrarnos ese inquietante y desalentador mundo desde otra perspectiva,  si no hacerlo a través de un personaje como Lou Bloom. Y aquí es donde Nightcrawler sube un peldaño para distinguirse dentro del género, y todo ello sin necesidad de disfrazar sus influencias, que van desde Taxi Driver a la reciente (y en mi humilde opinión, sobrevalorada) Drive, haciendo del coche del protagonista un personaje más. En referencia a esto hay que destacar la cuidada fotografía de Robert Elswit, aunque no se salga de la línea ya marcada por la citada Drive.

Con un personaje así, el siguiente punto a favor para Gilroy viene con la elección del actor para interpretarlo. Antes de analizar el personaje, me permito la licencia de hablar un poco de Jake Gyllenhall, considero de justicia hacerlo tras su ausencia en las nominaciones de este año (¿Bradley Cooper otra vez? ¿En serio?). El que no tenga ganas de leerlo, puede saltar al siguiente párrafo. Gyllenhall está tan acertado, que ni siquiera puedes imaginar a otro haciendo este papel. En primer lugar por lo bien que lo hace, y en segundo, porque a día de hoy es uno de los actores de Hollywood que más indaga buscando retos, personajes que le permitan seguir creciendo, y que le está dejando una filmografía a sus espaldas con más variedad y roles que la que pueden sumar las de muchos actores juntos. El año pasado sin ir más lejos, coqueteaba con la nominación por su tic en Prisioners, y hacia el verano nos sorprendía desdoblándose en dos extremos en Enemy, ambas de Denis Villenueve. Si bien estos son más intensos, hizo una revisión de la película de Travolta, El chico de la burbuja, en la que hacía gala de su bis cómica,  indeciso (y delicioso) en El compromiso, tierno en Sexo, drogas y amor, comprometido en Expediente Anwar, héroe en Código fuente… a día de hoy cuesta pillarle en un renuncio. El tiempo dirá si se mantiene.

Pero volvamos a Lou Bloom. La dimensión que le da al personaje (a cualquiera de los que interpreta) es sencillamente apabullante; la transformación física, la dicción, la mirada… Jake Gyllenhall logra crear un protagonista inquietantemente veraz, desprovisto de cualquier escrúpulo o conciencia, que desde el principio hace que te revuelvas en el asiento. Pero  Gilroy sigue asumiendo riesgos (funcionen o no en determinados momentos), incluido el punto justo de humor negro y privándonos de un némesis que cuestione la ética del protagonista, o le plante cara -atención, este comentario puede ser considerado spoiler-, se limita a mostrarnos pequeñas dosis de conciencia en personajes más que secundarios, destinados a pasar por el film sin pena ni gloria, tan sólo como un recordatorio de que, efectivamente, está mal, pero oye, le está saliendo bien, así son las cosas.

 

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La espléndida Reneé Russo se planta en escena como la única persona capaz de despertar un deseo humano en el protagonista (sea de la naturaleza que sea). La voz de Russo seduce casi tanto como la de Gyllenhall, y hay que decirlo, es admirable ver a una actriz de su edad con expresión en la cara, con arrugas, bellísima y auténtica, sumándose a la escasa lista de actrices que rehúsan inyectarse botox o rellenarse la cara hasta hinchársela de manera que lo único que transmiten es grima. El resto del reparto cumple funciones consciente de su puntual y escasa dimensión, destacando a un Bill Paxton que se luce en su discreta aparición.

Con la sensación extraña que nos deja el film, la intención del narrador queda más que clara; nos propone una buena comida de olla para pasar la tarde, para preguntarnos dónde está el límite, o al menos sorprendernos (de nuevo) al ver que hay quien no los conoce, ni los respeta. Y Gilroy cuenta también con que probablemente al terminar la reflexión, sabremos si nos ha gustado su película.

Acerca del autor / 

Cristina Martín Barcelona

Nací en Granada pero me trasladé a Madrid hace unos años para estudiar dirección de cine. Hace un año fundé mi propia productora audiovisual junto con mi hermana "Lasdelcine", donde dirgimos y producimos nuetros proyectos.

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