Cine, Música, Sensaciones

MClan, en primera persona

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Lo mejor que nos pueden decir al terminar de ver Las calles están ardiendo es lo que me dijo un amigo hace poco: “me habéis generado la necesidad de escuchar a MClan”. Una frase que empieza a ser popular en las impresiones de los espectadores.

No puedo imaginar crítica mejor para un proyecto como este, en el que el fin es contar una historia, la historia de Carlos y Ricardo, los MClan. Hablar de la banda murciana implica hablar también de mucha gente más, incluso de aquellos que no aparecen en los títulos de crédito, ni pertenecen a su círculo más íntimo o a su entorno profesional. Me refiero a todos aquellos que han seguido su trayectoria, que han escuchado sus discos una y otra vez, y han hecho de su música la banda sonora de sus recuerdos.

Es ahora cuando me tomo el respiro que no me permití tomarme en medio de toda la aventura que supuso hacer el documental, para pensar en esa Cristina que descubrió a MClan algo tarde (aunque no sea políticamente correcto decirlo, no vamos a engañarnos, ya que por entonces yo tendría unos 16 años) a través de su Llamando a la tierra, bailando los fines de semana en Tarantino, el bar de moda por entonces para toda la chavalería granadina.

Intuía en ellos algo más que el hit del momento, escuchaba la voz de Tarque e imaginaba tras ella a una figura apoteósica como las que aparecían en las portadas de mis vinilos favoritos, se me antojaba una mezcla entre la silueta recortada de Bob Dylan en azul de un doble recopilatorio que tenía en casa,  y un Roger Daltry saliendo al escenario de Woodstook ataviado de blanco. Algo de cierto había en mi intuición, aunque fuera por lo del pelo rizado.

El verano que entré en la facultad, para mi cumpleaños, sólo cabía un regalo posible para los que me conocían, dos si contamos la banda sonora de Platoon, con el Adagio for Strings de Barber que aún guardo como oro en paño, y que me fue a regalar un amigo amante de la música y compañero de tertulias que hoy en día se corona como uno de los mejores periodistas musicales de su generación. Tal había sido mi insistencia los últimos meses en escuchar una y otra vez el repertorio de Sin enchufe que había ido grabando poco a poco de la radio, que me regalaron dos copias. (Para mí) Fue el disco definitivo para declararme su seguidora, para esperar cada nuevo trabajo con ansiedad por una nueva dosis, cuando guardaban un silencio que se me hacía prolongado aunque estuviera dentro de los límites naturales para componer y crear.

 

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Sin enchufe estaba para mí a otro nivel, llamado a ser una referencia. Era mi disco para escuchar del tirón, y eso era mucho para alguien que se pasaba las tardes recorriendo la inmensa colección de vinilos de casa, seleccionando un tema tras otro que podía ir de King Crimson o Southside Johnny, a Neil Diamond. Perdí la cuenta de las veces que llegué a escuchar temas como Los periódicos de mañana o Maggie despierta, que por otra parte me alentó a conocer al gran Rod Stewart más allá de los discos Baby Jane o What I’m Gonna Do que mi padre atesoraba en su colección, y que me sabía de memoria.

A pesar de que no es su disco más popular, y de que ensombrece si lo comparas con el magnífico Memorias de un espantapájaros, en el que cada tema es un regalo, Sopa fría es un disco al que tengo un especial cariño. Puede que El hombre de las tabernas sea mi tema favorito de M Clan, me desarma todo de él, desde la música a la letra, en conjunto me parece un tema muy cinematográfico, y es la banda sonora de aquél viaje a Lisboa con los que hoy por hoy siguen siendo mis amigos con mayúsculas. Miedo, aunque me encanta, me recuerda a la muerte de mi abuela, más por mi propia asociación, que siempre he necesitado de la música para procesar los avatares de la vida. Ya por entonces estaba en Madrid, en busca del sueño, sin embargo de esta época difícil, dura y maravillosa que (por suerte) se sigue alargando en el tiempo, tengo un especial recuerdo de La Niebla, que me atrapó desde el principio. Estoy muy segura de que parte de culpa la tuvo mi admiración por Cumbres borrascosas, a la que inevitablemente me traslada cada vez que la escucho. El páramo más insondable con la voz de Tarque resonando, ese violín cerrando el tema como una bruma espesa que funde a negro… Llegué a escucharla en el ipod unas cien veces seguidas a lo largo de un día, mientras me deslizaba de un recado a otro por Madrid. Adicciones de este tipo me dan muy de vez en cuando, esa necesidad de ponerla otra vez por si hay algo que se me ha escapado, prometiéndome a mí misma que una última reproducción y se acabó, y que me ha pasado con temas contados como Jungleland de Springsteen, I shall be realeased de Bob Dylan o Winter de Joshua Radin.

Son sólo algunos de los temas de MClan que me han acompañado todos estos años, mis favoritos, que no quiere decir que sean los mejores, sino mi elección personal de un grupo del que me gusta todo. Tanto, que me imponía cierto respeto conocerles, desvirtuar la idílica imagen forjada a los largo de los años, que incluían gritos desatados en sus actuaciones,  y hasta episodios en los que me acerqué a pedirles que me firmaran una entrada tras el concierto para mi amiga y para mí.

Pero conocerles a nivel profesional, hacerles una propuesta que algunos artistas que admirábamos habían rechazado… eso era otra cosa. Traspasado el umbral del fan, entrando en la esfera de lo profesional, y sin apenas ninguna credencial que pudiera resultarles atractiva  a gente de su nivel, nos acercamos a un concierto de Jimmy Barnatán, con la promesa de que Tarque actuaría con él esa noche, y de que Jimmy haría las presentaciones después. Era la primera vez que abordábamos a un músico así. Con el resto habíamos tenido la opción del mail o del teléfono, lo que en los casos de rechazo lo hacía, por lo menos, algo más cómodo, pero en este caso no nos quedaba otra opción que ir hasta allí y tratar de convencerle.

Jimmy estaba empezando a cantar el primer tema del repertorio cuando Tarque se apoyó a nuestro lado en la barra para pedir. No sabré nunca de donde saqué el valor para presentarme y hablarle del proyecto. Por suerte Jimmy ya se lo había comentado y le interesaba mucho. No podíamos creerlo, hablamos de El último vals y de lo que pretendíamos hacer, hicimos una pausa para que saliera a cantar Mustang Sally con Jimmy y finalmente nos fuimos con un sí de Carlos Tarque para nuestro documental En Granada es posible.

El resto es más conocido, con una trayectoria más o menos clara y fácil de entender, pasamos a grabar la entrevista para el documental, conocimos a Ricardo, luego tuvimos el concierto y luego una propuesta para contar su historia.

 

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Tras todo el rollo soltado, es más fácil hacerse una idea de lo que ha supuesto para nosotras firmar Las calles siguen ardiendo, no sólo por la responsabilidad que suponía y el respeto que nos imponía, sino porque son ya algunos años en la profesión, y una de las cosas que se aprenden (más si eres algo mitómano) es que los ídolos son sólo para verlos de lejos. La imagen que cada uno tiene de sus ídolos es propia, es personal y la percibe de forma distinta, por eso es muy difícil que se asemeje a la persona que hay tras el mito. Carlos y Ricardo son una rara excepción para esta consabida regla; en cuanto los conoces no necesitas al mito, lo puedes dejar en el escenario, donde debe estar, con ellos no necesitas agarrarte a su imagen como ídolo de masas para seguir apreciándoles, ellos hablan y les coges cariño, te hacen sentir a gusto y son entregados a la hora de trabajar: con esa irresistible y admirable esencia  de quien lleva tanto en esto, y sigue enamorado de lo que hace.

La primera noche que actuaban en el Price, tras una jornada de rodaje completita, estábamos entre bambalinas, situadas con nuestros cámaras en lados estratégicos del acceso al escenario para no estorbarles en esa entrada que se antojaba triunfal, como un canto a toda su carrera, con su grupo arropándoles, y ataviados de rojo y negro, con rollo, con ese sabor yankie innato, sin complejos, que tanto nos gusta. Se les veía verdaderamente grandes. Los observábamos embelesadas resguardadas en nuestro escondite, esperando para dar la señal a Willy y Sara, y tratar de atrapar esa entrada cuando, en medio de lo que sin duda tiene que ser un auténtico chute de individualidad y de absorción, en el que estás cegado por la situación, nos vieron. Nos vieron y se acercaron a darnos un abrazo y las gracias justo antes de entrar. Les deseamos suerte mientras subían los escalones a la gloria, y un estallido sonoro, unificado y aplastante los recibió. Su persona estaba hace un segundo con nosotras, y el ídolo, acababa de irrumpir.

Acerca del autor / 

Cristina Martín Barcelona

Nací en Granada pero me trasladé a Madrid hace unos años para estudiar dirección de cine. Hace un año fundé mi propia productora audiovisual junto con mi hermana "Lasdelcine", donde dirgimos y producimos nuetros proyectos.

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