Jose Cano

Dibujar de pie o vivir de rodillas

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En 2020 Charlie Hebdo cumplirá 50 años. No me cabe la menor duda.

No serán de publicación ininterrumpida, porque entre 1981 y 1992 hubo un parón del que salieron, cuando algunos de sus fundadores, entre otros los fallecidos ayer Cabu y Wolinski, se marcharon de otra publicación satírica, La Grosse Bertha, no sé si les suena, por diferencias sobre la línea editorial con la dirección.

En el atentado de ayer en París murieron tres de los fundadores de Charlie Hebdo. Los mencionados Jean Cabut ‘Cabu’, de 76 años; Georges Wolinski, de 80, y Bernard Maris, de 68. Con ellos se iban también Stéphane Charbonnier, ‘Charb’, de 47, y Bernard Verhlac, ‘Tignous’, de 57. Creo que apenas Wolinski tenía publicadas una o dos cosas en España, de los 90. Aunque han servido de inspiración a El Jueves, Mongolia u Orgullo y Satisfacción, realmente apenas eran conocidos por el público español. Quien esto escribe ha leído unas pocas páginas de Cabu, siempre en francés, así que se me escaparía más de un chiste, y conocía a Bernard Maris.

Bernard Maris fue uno de los fundadores de Charlie Hebdo en 1970. Era uno de los pocos periodistas de carrera que quedaba en la revista, aunque su formación fue de economista. Fue en las listas de Los Verdes franceses en 2002 y era militante activo de ATTAC. En el semanario satírico firmaba como Oncle Bernard, es decir, Tío Bernard. Se licenció en mayo del 68 y había escrito para Le Nouvel Observateur o Le Figaro.

Se definía como antiglobalización desde los 90. No era lo que se dice un ultraderechista precisamente, no apoyó la Guerra Irak, no era un integrista cristiano. Culpar de su muerte a los “asesinatos de Occidente” es, entre otras cosas, una falta de respeto similar a la que cometen quienes intentan difundir mensajes xenófobos. Utilizar un atentado de este tipo para hacer propaganda de los propios intereses, ya sea por cinismo o por cerrazón ideológica, aparte de ser ridículo, roza lo miserable.

La autocensura sería una falta de respeto a los 12 muertos en Francia. A los dibujantes, a los periodistas y a los editores. El diario británico The Telegraph tuvo ayer su pequeña crisis de imagen por compartir imágenes pixeladas de las viñetas. No se trata de herir la sensibilidad de los musulmanes. Se trata de que lo de ayer no sirva para nada. Se trata de que la intolerancia no imponga sus criterios.

También merecen nuestro respeto los dos policías asesinados a sangre fría. Murieron defendiendo la libertad de expresión y cumpliendo con su deber. Cualquier otro mensaje es de una estupidez sonrojante. Uno de ellos era inmigrante de segunda generación, como sus asesinos.

Por ello también sería una falta de respeto convertir esto en un festival de xenofobia e intolerancia. Charlie Hebdo no iba de eso, sino de todo lo contrario. En 2011, lo habréis leído ya varias veces, una bomba incendiaria destruyó la oficina. La siguiente portada fue la del célebre dibujo de Cabu, con un imam y un dibujante besándose apasionadamente, bajo el lema L’Amour. Plus forte que la haine –‘El amor. Más fuerte que el odio’–. Las declaraciones de Charb fueron muy ilustrativas de lo que hace falta ahora: “Este atentado demuestra que hacen falta las caricaturas de Charlie Hebdo”.

Josep Escobar, el creador de Zipi y Zape, y Víctor Mora, el guionista del Capitán Trueno, pisaron las cárceles franquistas. En Francia, el popular Tronchet tuvo problemas por ¡Jesus! y ¡Jesús vuelve!, parodias de Jesucristo bastante tontorronas, si me permiten la opinión, que le costaron amenazas de muerte. Lo mismo para François Petillon por su divertidísima El caso del velo, en el que parodiaba la difícil convivencia de los inmigrantes musulmanes de segunda generación en la Francia laica y republicana.

Mucho peores son las consecuencias en la vida cotidiana que tenía para los colegas de Marjane Satrapi saltarse los mandatos de la revolución islámica en Irán, tal y como que ella narra magistralmente en Persépolis.

La libertad de expresión es uno de los pilares de la democracia y está en juego cada día. En esa libertad está incluido poder reírnos de todo y de todos. Ser capaces de no tener ningún tabú es una de las señales más avanzadas de inteligencia y civilización. La única manera de combatirlo es sin tener miedo, no dejando nunca de hablar de nada, sean cuales sean las consecuencias, y no cayendo en un odio similar al de quiénes intentan callar a los que les molestan.

El mejor homenaje a los 12 fallecidos, a Charb, Cabu, Wolinski y Tignous, a los dos policías valientes que dieron su vida por intentar defenderlos, es que nadie se calle, nunca.

 

 

Acerca del autor / 

José Cano

José Cano es periodista y le gustan los tebeos.

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