Juan Jesús García, Música, Sensaciones

Bob Dylan, a media luz… los 5.000

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Bob-Dylan

El compañero Carlos del Amor lo decía en una breve pieza televisiva: “Uno piensa las diez mejores canciones de Dylan y le salen cincuenta”, o más. Así que nunca las apetencias del oyente -de todos- coincidirán con lo expuesto en ningún concierto suyo.

Uno piensa en Dylan. ¿Pero qué piensa él de nosotros? Desde hace décadas, por lo menos desde la enlutada gira inglesa donde le llamaron ‘Judas’ (escena recogida por Scorsese en el documental No Direction Home), el modosillo chaval que paseaba con las manos en los bolsillos de la mano de su novia (recientemente fallecida) Suzy Rotolo decidió enrocarse, y convertirse en un ser tan impenetrable como los ocultos ojos de Miles Davis. Esa distancia infinita con su entorno, y con los que nos hemos situado en alguna ocasión firmes enfrente suyo, ha contribuido a convertir a este artista en uno de los mitos (vivos) del siglo pasado. Un ser inescrutable, impredecible, insondable y todo los ‘ins’ que ofrezca el diccionario. Deidad máxima de una suerte de iglesia, la de los dylanitas, con una fe inquebrantable y para los que este hombre esta siempre más allá del bien y del mal. Así un concierto suyo puede ser fuente de múltiples controversias entre los que comulgan en cada parada de su gira -que los hay que peregrinan de ciudad en ciudad-, los que admiran y respetan al mito pero no por encima de todas las cosas… y varias tipologías después los que van un concierto suyo ‘porque hay que ir’, sí los que anoche no dejaron de ‘uachapear’, ir a por cerveza  y definitivamente abandonar ante el mismísimo Dylan padre. En Granada estuvieron todos, y algunos hijos tomando la alternativa. Y cada uno saca sus conclusiones, siempre en función de las expectativas, porque los conciertos de Dylan son como los test de Rorschach, donde cada uno ve lo que espera ver.

El Palacio de Deportes de Granada casi se llenó en la última parada y fonda del ‘gira interminable’ esa suerte de continuas vueltas al mundo que desde finales de los años 80 (la página Still on the Road da cuenta pormenorizada de t-o-d-o-s sus conciertos que en el mundo han sido) con, dicen los expertos, más de un centenar de piezas montadas para exponer a la carta… La suya claro.

A punto de terminar el siglo pasado pasó por aquí y tuvo como introductor a un Calamaro clónico y desbordado por la responsabilidad. En esta ocasión, y durante 45 minutos, fueron Los Evangelistas con Soleá Morente los invitados, a tocar y acaso  -como recordaba Eva Amaral, otra ‘artista invitada’ en su momento- a cruzarse con él (Él) en la trastienda en el camino de su bus vivienda al escenario. Morente y Dylan, dos piedras sobre las que edificar catedrales.

Tres cuartos de hora fueron pocos para que el grupo ‘homenaje’ (a su manera devota) a don Enrique pudiera desplegar toda su capacidad de seducción: esa masa de estratos sonoros que terminan rindiendo las puertas de la percepción del oyente. Los hemos escuchado en versión pequeña, mediana, algo más amplia en la sala El Tren y ahora bajo la bóveda gigante del Palacio, cuya acústica añade algo más de enmarañamiento al intricado perfil del grupo, sobre el que flota, casi levita, la voz de Soleá como un muecín llamando al infinito. A lo esperado por este supergrupo formado por Arias y Jota (dos agudos lectores de las tablas de la ley dylaniana: “Todo lo universal como Dylan…”) con Eric, Machuca y Soleá, se añadieron  las piezas que avanzan la primera producción de la pequeña de los Morente con su propio nombre: La Ciudad de los gitanos  y Nochecita sanjuanera.

No se hizo esperar mucho del señor Zimmerman. Una corte de cuarenta personas ordenan los tres trailers de equipo y los cuatro buses vivienda para que todo funciones al segundo. Y ahí, asomó con su sombrero de plato, traje claro y botas de tacón tejano, plantado en medio del escenario con su banda sonando ‘al dente’. Le hemos escuchado escaso y muy escaso de voz, no es ahora el caso, está perfecto y con una dicción nitidísima para ser Dylan.También sugiere cierta postura rocanrolera con esa pose, abierto de piernas y desafiante, entre cuatro micrófonos acaso para evitar que le fotografíen la cara; si bien para esto cuenta con unos guardaespaldas armados de linternas flash que cegaban cualquier intento.

De pie, en el centro de un escenario amplio y decorado discretamente con focos cinematográficos y varios fetiches de escayola arrancó con el ritmo paseante  de Things have changed, como explicándose ante los escuchantes: las cosas han cambiado ex-chavales, y cómo. Y no, no es que de pronto hubiéramos perdido vista, es que todo el concierto se iluminó con penumbras y a media luz… camino de inventar en breve el recital en braille.

Eterno dilema en de los artistas de tan largo recorrido: optar por el aplauso tan emotivo y sentido como fácil de los temas… de ‘e-s-o-s temas’ que cimentaron su/nuestra historia o reivindicarse como autor en activo dejándose de rentas. Dylan no lo dudó nunca, y el grueso de su concierto se centra en discos recientes, sobre todo Tempest, picoteando en el sorprendente homenaje a Sinatra Shadows in the night, menos de Modern times y yendo hacia atrás sí recordó su esplendido Blood on the tracks; de su época ‘ácida’, responsable de muchos de sus juramentados pareció sonar She belongs to me, de aquella maravilla de disco que fue/es Bringing It All back Home abriendo su mítica trilogía del 65/66. Es lo que tiene mr. Dylan, que va a su bola y nunca ha practicado esa vulgaridad verbenera de ‘complacer peticiones’. A este hombre toca ir, porque ÉL nunca va a venir a nosotros. Ni  siquiera se acuerda del Like Rolling Stone en su aniversario (¡que vulgaridad!)… Aunque para muchos a día de hoy no sea ahora más que la sintonía de los programas de Risto Mejide como Vargas Llosa el nuevo novio del la filipina Presley (tampoco nada que ver con las visiones de Dylan en la UCI).

 

Dylan

 

Si la gira se ha saltado la rosca y es interminable, ni que decir tiene que los músicos llevan rodado el trabajo hasta la holgura. La banda (anunciados: Stuart Kimball y Charlie Sexton, Tony Garnier, George Receli y Donnie Herron)- fabrica un sonido orgánico y muy natural, un cultivo entre blues -a ratos bayou– y country de etiqueta con una omnipresente slide untando de melancolía suavona el conjunto, base de alta potencia emotiva donde el protagonista introduce teclado, su armónica y siempre su voz; esa voz, a veces graznido otras cerca del recitado poético, o esforzándose en conseguir la melosidad de un  crooner crepuscular, pero que estremece en cualquiera de sus estados, y que ha permitido a tantos -todos cantantes de la imperfección- hacer muy gratas carreras de intensa comunicación: “Si Dylan puede cantar yo también”, argumentó Lapido para vencer el miedo a su primer disco en solitario.

En los conciertos actuales hacen una pausa más o menos a la hora de concierto, dejando otra hora para después. Pausa, lógica y necesaria en un hombre de semejante edad y muy justificable por más que se detengan las inercias habituales de un concierto. Que a fin de cuentas entre ritmos medios y medios ritmos tampoco la primera mitad fue muy lanzada, auque la última pieza Tangled Up in Blue casi lo logra.

En la segunda parte el sonido siguió siendo impecable con mayor predominio de tono blues (High Water) en sus variantes hasta más pantanosas y tóxicas (Early Roman Kings). Nuevo paseo por Tempest (Soon after midnight) y Blood on the tracks (Simple Twist of Fate) y un recuerdo para Yves Montand, Jacques Prévert y Franky con el estandarazo Autumn Leaves (Les feuilles mortes), que también es un clásico para los jazzistas…. ¿Acaso una futura grabación: Dylan on swing mostraría una Dylan jazzístico? Quién lo sabe.

A la hora de salir corriendo del Palacio para llegar a tiempo a la hora de cierre de edición el concierto enfilaba los bises a base de un deconstruidísimo y penduleante Blowin’ In The Wind al piano, y la vibrante Love Sick (Time Out) con esa tensión interna que hace de esta canción uno de sus últimos temas con vitola de imperecedera. Buen broche final de un concierto de Dylan, ni mejor ni peor que los demás; de Dylan, un concierto de un Dylan mayor y suficiente, elegante y con tendencia a la pista de lento y otras cosas del amor.  Y que Dios le guarde muchos años antes de montar con Elvis, Franky y Enrique el mejor supergrupo que en el mundo (en éste y en el otro) ha sido.

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Juan Jesús García

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