Jose Cano

Astérix nunca muere

0 233
Asterix

Astérix es un icono cultural, un tebeo que conoce la gente que no lee tebeos y un muy lucrativo negocio para las editoriales Dargaud y Hachette, así como Albert René, la firma que lleva los nombres de sus dos creadores. En octubre del año pasado llegó a nuestras manos un signo del cambio de los tiempos, Astérix y los pictos, el primer álbum en el que no participan ni René (Goscinny) ni Albert (Uderzo). Durante este 2014 veremos el estreno del noveno largometraje de animación que lleve su nombre, Astérix y la tierra de los dioses, igual que los dos o tres más recientes con una historia original no inspirada en ningún tebeo.

El problema de Astérix es que desde 1977 es en parte huérfano. Fue el año en que murió René Goscinny, uno de los mejores escritores cómicos que ha tenido el tebeo europeo, si no el mejor, creador también de Iznogud, Lucky Luke y, como novelista infantil, de Las aventuras del pequeño Nicolás. Junto a su mejor socio, Uderzo, que a sus 86 años aún le sobrevive, además de Astérix creó a Umpa-Pa, un indio del siglo XVII con mucho en común con Obélix.

Goscinny le dio a Astérix, y al resto de personajes de la aldea gala, su carácter único, y a la serie ese tono de humor entre lo infantil y lo cínico que alcanzaría sus más altas cotas en Obélix y compañía, escrita en plena crisis del petróleo de los 70 y que explica en cuatro chistes lo que es una burbuja económica mejor que muchos economistas actuales. Y encima con una parodia de un entonces jovencísimo Jacques Chirac y homenajes a Shakespeare en los diálogos y a Laurel y Hardy en los dibujos.

Uderzo luego continuó por su cuenta, manteniendo el nivel de dibujo que era habitual en él y encargándose de los guiones. El problema es que él nunca había sabido escribir realmente. Hizo historias interesantes durante los 80, como La gran zanja o El hijo de Astérix, e intentó repetir esquemas clásicos –Astérix en la India– o hacer refritos –El golpe de menhir–. Pero no era lo mismo. El humor era mucho más tontorrón y a las historias les faltaba el gancho de Goscinny.

Lo peor es que las adaptaciones animadas y la imagen real heredaron ese tono, y no el de las historias clásicas, que era lo que volvía a Astérix único frente a cualquier otro tebeo humorístico o de aventuras. Y durante los 90, o ya metidos en el siglo XXI, el nivel de Uderzo en los guiones pasó de normalito a mediocre y de ahí a dar vergüenza ajena. El genio estaba mayor, su estudio dibujaba la mayor parte del tebeo y tenía que quitarse de en medio.

Y así llegamos al octubre pasado, con Astérix y los pictos, de Jean-Yves Ferri y Didier Conrad. Qué es un álbum normalito si se compara con cualquier de Goscinny, y también el dibujo, que casi calca el del Uderzo más clásico de los 60 y 70. El esquema es el típico de Astérix y Obélix visitando la versión paródica de la antigüedad de algún país moderno, aunque como hay un guionista cómico a los mandos, la historia tiene un planteamiento, nudo y desenlace claro y los chistes ganan en sofisticación, aunque sin llegar a la maestría que les daba su creador. Pero es que eso es imposible.

A estas alturas el fan medio tiene claro que nunca nadie va a crear historias ni diálogos como los de Goscinny. El Astérix clásico es una obra cerrada en 24 volúmenes cuyo nivel va en aumento. Hay juegos de palabras con el latín, referencias culteranas a veces muy rebuscadas y de vez en cuando chistes un poquitín misóginos. Todo cosas que un niño no pilla, pero mientras se lo está pasando pipa con los mamporros. Aunque nunca lo vas a disfrutar como cuando tenías 10 años, al releerlo de mayor el tebeo gana mucho.

El problema del Astérix más reciente es que toma a los niños en particular y a los lectores en general por tontos del culo que se van a tragar cualquier cosa. Y no hablo sólo de Uderzo, que sobre todo estaba mayor y agotado creativamente –sus primeros álbumes en solitario intentan mantener el doble nivel de lectura de Goscinny–, sino de las adaptaciones en general y las adaptaciones a imagen real en particular. Y un apunte de fan quisquilloso: Obélix es un niño grande, no puede enamorarse como un adulto ni es gracioso hacer chistes de doble sentido sexual con él. Es más, queda grotesco.

El marrón de Jean-Yves Ferri al atreverse con la serie, pues, era tremendo. Los chistes de Goscinny no pueden funcionar tal cual, además, para un lector de 2013, que ya os digo que tenían un puntillo machista que se nota más con el paso de los años. Pero le sale un tebeo apañado, entretenido, de aventuras, en el que se nota que ha mamado con los personajes –nació en 1959 y el primer Astérix se publicó 1961–. Personalmente, estoy deseando que saque más entregas, para que se envalentone e intente hacer cosas nuevas, porque visto el tono confío en que va a respetar el espíritu de la serie.

Así que cómprale un Astérix al niño y léetelo con él. Narices.

Acerca del autor / 

José Cano

José Cano es periodista y le gustan los tebeos.

Escribe una respuesta

Tu dirección de correo no se publicará. Los campos requeridos están resaltados *


*

Celebra tus eventos en…

¡Anúnciate!

MyMadness Agencia

En Mymadness Agencia de Comunicación, tenemos experiencia y muchas ganas de ayudarte, podemos hacerte el desarrollo integral de tu marca, Infórmate de todo lo que podemos hacer por ti.

Contacto

Mándanos un correo y te responderemos con la mayor brevedad posible ¡Gracias! hola@mymadness.es
Granada | Spain